viernes, 3 de febrero de 2017

Las ONGs y sus puertas giratorias con el mundo corporativo



Por Joan Carrero.
En la primera parte de este artículo intenté dejar en evidencia los falsos aprioris utilizados en las campañas para deslegitimar y acosar al legítimo Gobierno sirio. En la segunda traté sobre la sorprendente concordancia y simultaneidad entre, por una parte, la agenda imperial y, por otra, las agendas de ciertos intelectuales de izquierdas y de las grandes ONG anglosajonas de derechos humanos. En esta tercera voy a extenderme sobre otros hechos igualmente perturbadores: el hecho de que destacados miembros de la élite imperial sean a la vez directivos de dichas ONG y el hecho de que estas estén financiadas por entidades que ni son imparciales en este conflicto ni son en absoluto filantrópicas (por más que pretendan engañar a la opinión pública al respecto). 
Durante los años en los que la fundación que presido formó parte junto a Amnistía Internacional de una misma plataforma de ONG, cada vez que había que consensuar un documento y aparecía la necesidad de hacer un mínimo análisis político de los acontecimientos que pretendíamos denunciar, siempre escuché la misma admonición: “Esto se sale del mandato de Amnistía, mandato que se limita exclusivamente a los derechos humanos”. Tratar siempre, única y exclusivamente, de lo individual; nunca referirse a los grandes intereses geopolíticos o económicos; siempre evitar la categoría “crimen contra la paz” o “agresión internacional”… tal es el mandato. Por ese motivo, fue grande mi sorpresa cuando años más tarde conocí que el secretario general de Amnistía Internacional, Salil Shetty, llamaba a las grandes potencias occidentales a “intervenir” en Siria como se “intervino” en Libia.
Pero cuando más me costó salir de mi asombro fue cuando descubrí que el principal consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, el hombre de confianza de David Rockefeller, el organizador de la poderosa Comisión Trilateral, el geoestratega creador de los muyahidines, en definitiva, el político (mucho más que politólogo) que seguramente más ha marcado las grandes y criminales geostrategias imperiales en el último medio siglo (incluidas las de Barack Obama), era un relevante miembro del Consejo de Administración de Amnistía Internacional. Aparte de sus otros cargos en innumerables organizaciones “filantrópicas”, para la promoción de la democracia y la libertad, etc.
Semejante coincidencia, por más sorprendente que pudiese parecerme, podría tratarse exclusivamente de una anécdota si no fuese porque… ¡se trata de tan solo de uno más de los muchos casos de puertas giratorias semejantes! Puertas giratorias de las que tanto se habla cuando se trata de intercambio de sillones gubernamentales y empresariales, pero prácticamente desconocidas cuando se trata de este intercambio “humanitario”, “solidario” o como se lo quiera llamar. Intercambio más perverso aún si cabe que el anterior. Ya sé que unas denuncias como las que ahora estoy haciendo producen no solo mucha incomodidad sino hasta mucho rechazo, pudiendo llegar a ser percibidas incluso como una poco elegante trifulca entre semejantes. El problema es que el referido trajinar de sillones políticos a otros solidarios y viceversa, así como la labor de estas grandes ONG para deslegitimar a cada uno de los “perversos” regímenes a los que les ha llegado la hora del derrocamiento (según el turno que le corresponde en la agenda imperial), es algo mucho más grave de lo que tenemos conciencia: la previa deslegitimación, en la que dichas ONG juegan un papel fundamental, es la indispensable etapa inicial en las llamadas guerras híbridas actuales.
Las voces que denuncian públicamente un hecho tan grave han venido a veces desde el interior mismo de Amnistía Internacional. El profesor Francis A. Boyle, miembro de la dirección de Amnistía Internacional-Estados Unidos y fundador del grupo de coordinación de esta en el Medio Oriente, no soportó que la Guerra del Golfo se iniciase gracias al Informe falso de Amnistía Internacional según el cual 312 bebés kuwaitíes fueron asesinados al ser arrojados de sus incubadoras por las tropas iraquíes. Su denuncia fue inequívoca: “Esto es exactamente lo que sucedió. En enero de 1991 el Senado de Estados Unidos votó a favor de la guerra contra Irak por sólo cinco o seis votos. Varios senadores declararon públicamente que la campaña y el informe del Secretariado de Amnistía Internacional sobre los bebés asesinados, habían influenciado su voto a favor de la guerra contra Irak”.
Ya hace años que Jean Bricmont sintetizaba la esencia de esta repugnante estrategia imperial en el título de su libro: Imperialismo humanitario. En una reciente entrevista hacía esta certera y dolorosa afirmación: “La izquierda se  ha autodestruido aceptando las intervenciones humanitarias”. Más tarde, a partir del genocidio de Ruanda (en realidad a partir de la utilización de una versión falsaria de él), el establishment perfeccionaría sus métodos propagandísticos al establecer la teoría de la llamada Responsabilidad de proteger. Una responsabilidad que pretende ser incluso preventiva: ¡la más absoluta desvergüenza! Y lo último son las ONG ciberactivistas, como Avaaz, de estrategias y financiación más turbias aún que las de las ONG clásicas.
Es muy grave que, por ejemplo, Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional, tuviese la desfachatez de criticar la tibieza de “la comunidad internacional” (tradúzcase por “Occidente”) en Siria y arengase al Consejo de Seguridad de la ONU a actuar con la misma “firmeza” con que se actuó en Libia a fin de acabar sin más demora con la represión del régimen sirio. Es muy grave no solo por la criminalidad de semejante llamamiento sino sobre todo por el gran impacto que tales prédicas de Amnistía Internacional tienen en la opinión pública. ¿Cómo nos atrevemos luego a despreciar las fetuas de los líderes de la Sharia?  Campañas aún más descaradas para lograr que el Consejo de Seguridad de la ONU adoptara las resoluciones que autorizaran las guerras contra Libia y luego Siria, fueron llevadas a cabo por la directora ejecutiva de Amnistía Internacional-Estados Unidos, Suzanne Nossel, vinculada desde hacía años al Departamento de Estado, estrecha colaboradora de la belicista Hillary Clinton, colaboradora de diversos think-tank del poderoso mundo financiero como el Council on Foreign Relations, etc.
En cuanto a la cuestión de la financiación, Amnistía Internacional afirma en su página web "no buscar ni aceptar los fondos para la investigación de los derechos humanos por parte de los gobiernos o partidos políticos". Pero la realidad es que, según su propia rendición de cuentas, entre 2008 y 2011 recibió tan solo del Departamento de Desarrollo Internacional del Gobierno del Reino Unido más de tres millones de euros. Mikel Itulain escribe al respecto: “La financiación de Amnistía no es mostrada de forma clara, tiene estructuras  de cobertura para tratar de ocultarlo. Hay que ir a una organización como Amnesty International Limited para ver cómo recibe dinero de las corporaciones (por ejemplo, de la Open Society del criminal financiero Soros) o de gobiernos, como el británico, o de la propia Comisión Europea. Esta, la Comisión Europea, forma parte de la Troika (junto al Banco Central Europeo y el FMI), que están destruyendo con las corporaciones la democracia y el nivel de vida en Europa, y curiosamente financian a Amnistía, lo que nos dice muchas cosas”.
En cuanto a Human Rights Watch (HRW) y sus gravísimas responsabilidades en la deslegitimación de tantos “regímenes” me limitaré a recordar (no es posible alargarnos más) que Alison Des Forges, su “gran” experta para Ruanda, que tuvo durante años un importante papel en la imposición al mundo de la doctrina oficial sobre el genocidio ruandés, había trabajado para el Departamento de Estado de Estados Unidos entre 1990 y 1992 y había mantenido estrechas relaciones con el National Security Council y el Pentágono, servicios norteamericanos muy implicados en la tragedia ruandesa. Por otra parte, la semana anterior ya me referí a la denuncia sobre HRW de nuestro compañero en el movimiento de la no violencia, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, y otros cientos de personalidades internacionales. Pero creo que es oportuno recogerla más extensamente:
“Los premios Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel y Mairead Maguire, junto a un centenar de académicos estadounidenses y canadienses, solicitaron esta semana a Human Rights Watch (HRW) que tome medidas concretas para afianzar la independencia de la organización, debido a que sus principales directivos poseen vínculos con el Partido Demócrata, el gobierno de Estados Unidos y hasta con la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), tal es el caso de Miguel Díaz, quien ahora es funcionario del Departamento de Estado.
Pérez Esquivel y Maguire, respaldados también por ex funcionarios de la Organización de Naciones Unidas, enviaron ayer una carta al actual director de HRW, Kenneth Roth, en la que señalan que las relaciones cercanas con el gobierno de Estados Unidos generan conflictos de intereses a la agrupación con sede en Nueva York. El primer paso que debe dar HRW, se sugiere en la misiva, es cerrar la puerta giratoria a aquellos que han sido funcionarios públicos en la diplomacia estadounidense y luego pasan al equipo de la organización y a sus cuerpos de asesoría o dirección.
En la carta se menciona que Miguel Díaz, quien fue analista de la CIA en la década de los 90, ocupó una silla en el consejo de asesores de HRW de 2003 a 2011 y en la actualidad, como funcionario del Departamento de Estado, es el interlocutor entre la comunidad de inteligencia y analistas no gubernamentales. Otros tres miembros de HRW que tienen vínculos con el gobierno son Tom Malinowki, Miles Frechette y Michael Shifter. A su vez, Susan Manilow se ha declarado altamente involucrada en actividades del Partido Demócrata.”
Si esto es así en las grandes ONG “independientes”, imaginemos lo que puede haber sucedido y puede seguir sucediendo en las creadas directamente por el establishment imperial y financiadas con fondos gubernamentales: Freedom House, National Endowment for Democracy (NED), International Crisis Group, USAID… Por la presidencia y otros cargos directivos y administrativos de ellas han pasado personajes como James Woolsey, director de la CIA; Samuel Huntington, activo participante en la entronización de las sangrientas dictaduras en Chile y Argentina, al que Thierry Meyssan califica como el ideólogo del fascismo contemporáneo por su creación de la célebre teoría del Choque de Civilizaciones; Louise Arbour, exfiscal del Tribunal Penal Internacional para Ruanda con sede en Arusha y alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, mujer dócil y cómplice hasta el descaro con los grandes intereses anglosajones que han ensangrentado el África de los Grandes Lagos; geoestrategas tan cínicos como Henry Kissinger, Franck Carlucci, Zbigniew Brzezinski o Paul Wolfowitz…
En conclusión: las grandes ONG, parte integrante y fundamental del sistema imperial, son una especie de agencias de calificación de la legitimidad de los “regímenes” que deben ser derrocados. Y, al igual que aquellas, solo pueden cumplir su función si son, supuestamente, instancias independientes. Pero, ya sabemos demasiado sobre unas agencias que daban la máxima calificación a entidades financieras que se hundirían tan solo unos días después. De modo semejante, desde el día en que Amnistía Internacional avaló en 1990 la falsa historia de los 312 bebés asesinados en Kuwait (haciendo posible la Guerra del Golfo) hasta el día de hoy, estas grandes ONG han incitado a todas y cada una de las agresiones internacionales llevadas a cabo por Occidente mientras sentaban doctrina sobre las posteriores violaciones de los derechos humanos “por ambos bandos”. Aunque, siempre dejando claro de modo sutil, o descarado muchas veces, quienes son en realidad “los malos”.

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