lunes, 10 de diciembre de 2012

La guerra de África relatada por Ramón J. Sender. Parte III


En esta tercera parte dedicada a la guerra de África, llevada a cabo contra los africanos pero también contra los propios españoles, a los que se les quitaba la vida a su juventud en sus años de mocedad y se arrebataban también los bienes que deberían ser para uso y mejora pública y que por el contrario eran destinados a sufragar este pillaje y crimen envueltos en corrupción; en esta tercera parte que comento, se verá como la alegría en el mundo, e incluso en la propia guerra, va por barrios. De la carnicería se beneficiaban los altos mandos militares y los empresarios sin escrúpulos que hacían y siguen haciendo negocio con ella, además también de los demagogos que apelaban al espíritu patrio para defender y favorecer en realidad sus intereses privados. 
En las profundas descripciones que hace Sender del escenario de la guerra, tenemos por ejemplo esta, donde otros seres vivos, como los cuervos, gozaban de una época de esplendor a costa de las miseria humana.  
Las primeras brigadas de cuervos acuden de los barrancos de Annual al reclamo de los cañones y forman su guerrilla en tierra. A fuerza de comer carne de soldado deben entender de mili. En lo alto de cada poste del teléfono hay uno. Todos gordos, relucientes, con gritos de hartura, como eructos. La hilera de los flancos ha quedado reducida a cuatro o cinco soldados. Los que cayeron antes no dormirán solos. 1
Y cierto que los córvidos entendían de mili, seguramente mucho más que los  ignaros voluntarios que iban a ella o que los presentes españoles que lo han olvidado, si es que algún día supieron algo de su propia historia. No obstante, poco se les  puede reprochar a estas aves, cuyo único fin era alimentarse para mantenerse vivas y no enriquecerse con   la muerte y sufrimiento de sus congéneres, como hacían  los seres humanos.
En medio de la tragedia humana que es la guerra se viven y se presencian momentos de trágica belleza mezclados con un sentimiento de profundo desasosiego, por las absurdas y disparatadas actuaciones de la naturaleza humana.    
Ahora la luz es más tenue y los estallidos, casi rojos, se ven mejor. La dulzura del paisaje es una apariencia hipócrita, porque hacia la izquierda se puebla el horizonte de sombras azulencas, y en la inmensidad desierta y desolada las granadas sondean el silencio y averiguan hasta qué dramáticos infinitos llega. 1
Lo absurdo de la guerra para los que fueron a ella engañados con sentimientos nobles, cargados de patriotismo y de respaldo religioso, termina por mostrarse. En medio de la guerra, del sufrimiento y del horror que se desata en ella, ya no hay sitio para la mentira y el engaño. Ya nadie se engaña.
Viendo este silencio, estos pasos falsamente enérgicos con los cuales el oficial demuestra al capitán, al comandante, su espíritu militar, esa alineación correcta, se piensa que todo este ceremonial entre piojos, miseria, hambre, harapos, es una pesada broma de locos. Nadie se engaña en el fondo. No hay ya uno solo que crea en la necesidad de nada de esto. Todos saben, además, lo que aguarda fuera. Dan ganas de gritar: «¡Es más cómodo para todos romper filas y pegarnos un tiro!» 1
Sin embargo, hoy, un siglo después, la gente, la gente que incluso se llama progresista, sigue engañando y engañándose con la guerra; y se aprueba, incluso se justifica, como algo necesario, hasta loable. Olvidando los verdaderos y sórdidos motivos del origen y la perpetuación de la guerra. Los motivos egoistas de poder y riqueza, sin importar el verdadero y real sufrimiento humano. 2, 3, 4, 5 

Notas:
(1) Ramón J. Sender. Imán. 1930.
(2) Mikel Itulain. El mal ejemplo de Democracy Now!, y de la izquierda. 11.11.2012. Blog 
(3) Mikel Itulain. Los intereses económicos detrás de la guerra en Siria. 28.10.2012. Blog
(4) Mikel Itulain. El papel de Amnistía Internacional en la guerra contra Siria. 9.9.2012. Blog
(5) Mikel Itulain. La izquierda, la crisis y la justificación del colonialismo por motivos humanitarios. 20.7.2012. Blog

viernes, 7 de diciembre de 2012

La crisis: un momento para la reflexión.

Precisamente en estos momentos, cuando la crisis está azotando con mayor virulencia las precarias condiciones de vida de muchos españoles, es cuando también se debería hacer un reflexión importante sobre el país o el estado en el que vivimos. Seguramente habrá quien diga que bastante tiene ya con sobrevivir. Así, de esta forma, saldrá, o no saldrá, de una supervivencia para pasar a otra, posiblemente peor. Sin curar la enfermedad el malestar continuará. Como bien dice Tony Cartalucci, "No sobrevivas al ´colapso´, prevenlo".(1)
Bien, como decía, es necesaria una reflexión profunda y seria sobre el modelo político y económico en el cual vivimos, sobre si vivimos en algo parecido a una democracia o si realmente no es más que un engaño camuflado con bellas palabras y fáciles adornos. Si no sabemos siquiera donde estamos y ni siquiera tampoco sabemos como se gestó todo esto y dónde tuvo su origen, poco podremos hacer, ya que no sabremos qué hacer ni el rumbo a tomar.
Por ello, para comenzar esta reflexión, pongo un artículo muy bien redactado y muy bien fundamentado sobre la ley de leyes en España, la que rige legalmente todo nuestro sistema social, político, económico..., la Constitución de 1978. Leánlo y extraigan sus conclusiones. Creo que debe servir para cuestionarse muchos cosas que deberían haber sido cuestionadas por la mayoría de la población hace tiempo, y creo que debe aportar una nueva mentalidad que haga ver que con un sistema así, la desigualdad, la injusticia, el abuso, la precariedad y la falta de democracia continuarán en España.
Empecemos por cuestionar las cosas con rigor, lo demás, las mejoras, vendrán después, como consecuencia de esta primera acción:

"La Constitución de 1978, última ley fundamental del franquismo 


 La reciente reforma por vía de urgencia del artículo 135 de la Constitución de 1978 ha sacado este texto legal del limbo en el que suele habitar la mayor parte del tiempo. El debate se ha centrado en la necesidad o no de esta reforma impuesta por los todopoderosos mercados y defendida por los dos partidos turnistas (PP y PSOE) frente a la exigencia popular (en el buen sentido de la palabra) de un referéndum para que los españoles aprobaran o no el cambio en esta ley fundamental.
El primer aspecto, la necesidad o su ausencia, ha quedado soslayado por esa ley del embudo que con tanto gusto aplican los políticos profesionales. Así, este nuevo recorte de derechos sociales —en un país que de por sí tiene un Estado del Bienestar raquítico— se combina con una representatividad ciudadana y un grado de democracia cada vez más enclenques. Los poderosos en España tienen un miedo atroz a los pronunciamientos del pueblo, mientras que los políticos a sueldo no sienten vergüenza a la hora de obedecer a sus amos.
El escudo franquista preside el texto constitucional

La reforma constitucional se ha ejecutado, pues, siguiendo la costumbre: sin consultar a los afectados. Es un motivo de justa indignación ciudadana y, sin embargo, no es esta miseria democrática lo más grave, puesto que el proceso en sí ha sido por completo legal. El detalle preocupante, aunque apenas se ha tratado en el debate público, es la propia Constitución de 1978. Es decir, el texto en sí mismo, al completo, que no es otra cosa que la última Ley Fundamental de la dictadura franquista.

Las Leyes Fundamentales fueron un conjunto de normas promulgadas por la dictadura entre 1938 (Fuero del Trabajo) y 1977 (Ley para la Reforma Política). Las otras seis leyes fueron: Ley de Cortes (1942), Fuero de los Españoles (1945), Ley de Referéndum (1945), Ley de Sucesión (1947), Ley de Principios del Movimiento Nacional (1958) y Ley Orgánica del Estado (1967). Esta diarrea legislativa del franquismo denuncia dos de las características más notables de este gobierno usurpador: por un lado el convencimiento íntimo de su propia ilegitimidad, que trataba de disimular emitiendo leyes sin parar; por otro, el temor a promulgar un auténtico texto constitucional. El resultado: un batiburrillo de normas, algunas francamente ridículas como los Principios (una colección de chorradas fascistas) y otras que apenas se aplicaron, como la Ley de Referéndum.

Aunque a los franquistas les escocerá el detalle, lo cierto es que el conjunto de esas ocho leyes fundamentales era de hecho una constitución. Perversa, de pacotilla, mal redactada, falsaria, confusa y a veces contradictoria, pero constitución. De todos sus rasgos, que requerirían un análisis más largo que el que podemos hacer aquí, cabe destacar dos: la ambigüedad y el blindaje. Dos aspectos que comparte, por cierto, con la Constitución de 1978, redactada, recordémoslo, por un equipo de burócratas franquistas.

Las Leyes Fundamentales pretendían ser eternas. Así quedaba claro en su articulado, que incluía disposiciones absurdas y ajenas a Derecho, asegurando no ya la inviolabilidad de las normas, sino su carácter imperecedero, de derogación imposible nada menos. Esto, que es un disparate desde el punto de vista legal y político, se cumplió no obstante gracias a la promulgación en 1978 de una constitución que resumía los contenidos de las Leyes Fundamentales y heredaba de paso su inmensa ambigüedad. En este
sentido, la Disposición Derogatoria que figura al final de la Constitución de 1978 no es sino una declaración de que las Leyes Fundamentales quedan refundidas y ordenadas en el nuevo texto que las sustituye y que muchos, de forma no muy correcta, citan como «Carta Magna».La Constitución de 1978, ambigua como pocas y casi intocable en sus aspectos esenciales (ordenamiento del Estado), representa una consolidación del statu quo tardofranquista. Es una norma que complementada con la Ley de Amnistía de 1977 implica sobre todo un vasto decreto de punto final (o más bien de punto y seguido) para asegurar que la clase dominante durante la dictadura conservaría todos sus privilegios y poder y nunca sería sometida a juicio alguno por sus responsabilidades criminales o su complicidad con el sanguinario régimen fascista. La «modélica transición», concretada en el opúsculo constitucional, maquilló el rostro de un sistema obsoleto sin variar en nada sus estructuras de fondo, injustas, arbitrarias y basadas en el gran latrocinio iniciado el 17 de julio de 1936 por una coalición de millonarios, obispos, aristócratas, fascistas y militares traidores.

El heredero del dictador, Juan Carlos Borbón, se consolidó como cabeza de un régimen oligárquico que, pese a su nueva apariencia parlamentaria y constitucional, seguía funcionando igual que en vida del vetusto dictador ferrolano. Hoy, treinta y cuatro años después, la riqueza, el poder y los altos cargos siguen en manos de los mismos, apoyados en la cómoda alternancia del sistema parlamentario turnista bendecido por la Constitución de 1978 y que tanto recuerda a la Restauración canovista en el siglo XIX.

La democracia de 1978 es endeble, anémica y muy poco representativa. La participación ciudadana es mínima. Entre otras cosas porque la oligarquía nacional ha heredado del franquismo un inmenso temor —comprensible por otra parte— al pueblo de España y por eso lo mantiene apartado de la vida pública en el mayor grado posible. La pantomima de las legislativas cada cuatro años, con resultados «asegurados» por un procedimiento electoral extraordinariamente injusto, es todo lo que se ha concedido al pueblo español en ese texto constitucional que «nos hemos dado».
Los escribanos del  franquismo que redactaron la Constitución

Aunque, ¿de verdad «nos hemos dado» algo? La Constitución de 1978 fue redactada por un equipo de ponentes que no eligió el pueblo, sino que fue designado a dedo por un gobierno de viejos franquistas. Y el referéndum se planteó como las famosas lentejas: esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas. No se ofreció alternativa alguna, porque volver a lo anterior era tan inviable como ofrecer una democracia auténtica. Esto, en términos políticos, da al texto de 1978 cierto carácter de carta otorgada, bastante alejado de lo que es una constitución de verdad, y fortalece el carácter de Ley Fundamental de esta reliquia jurídica. Por otra parte la constitución vigente fue aprobada en 1978 por 15.706.078 votos afirmativos. En la actualidad viven en España unos 45 millones de personas, lo que implica que, en el mejor de los casos (suponiendo que todos los que votaron en 1978 siguieran vivos), 30 millones de españoles —al menos— ven sus vidas y haciendas gobernadas por una ley que ni siquiera tuvieron oportunidad de votar.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, que se someta o no a voto una reforma parcial es casi irrelevante, puesto que lo que la ciudadanía debería exigir a estas alturas no son parches ni reformas parciales, sino la completa derogación de la Constitución de 1978 y su sustitución por un texto nuevo, apropiado a los tiempos que corren y que asegure la instauración de un sistema democrático de verdad, justo, equilibrado y encaminado al buen reparto de la riqueza y los recursos. Una medida higiénica que podría ser el primer paso para convertir a España, quizá por primera vez en su historia, en un país soberano. O simplemente en un país, que no sería poco.

En resumen, la exigencia ciudadana no debería limitarse a parchear un sistema podrido, sino que debería llamar a una refundación nacional que, sin duda, gustará muy poco a la oligarquía «nacional», esa casta cortijera enamorada de tricornios y mantillas que teme —y tiene razones para hacerlo— la voluntad del pueblo español."(2)

Notas:
(1) Tony Cartalucci. Don´t survive the "Collapse" - Prevent it. Land Destroyer, 5.12.2012.
(2) José Manuel Lechado. La Constitución de 1978, última ley fundamental del franquismo. http://cuestionatelotodo.blogspot.com.es/2012/12/la-constitucion-de-1978-ultima-ley.html


miércoles, 5 de diciembre de 2012

La guerra de África relatada por Ramón J. Sender. Parte II

Como vemos en la foto, las atrocidades llevadas a cabo contra otros seres humanos no son exclusivas de fanáticos islamistas. Fanáticos islamistas, recordémoslo, puestos en marcha como mercenarios por los propios dirigentes occidentales.

Continuando con la narración de la tragedia de la guerra colonial de España en el norte de África a comienzos del pasado siglo, podemos ver que fue uno de los primeros lugares donde se utilizaron las armas químicas contra la población nativa. Hoy se repudia la actuación de Sadam Hussein contra los kurdos, por cierto fomentada por EE.UU. con el  apoyo y envío de los productos químicos. No obstante, no se hace lo mismo respecto a la actuación española contra los africanos, la de los británicos contra los mismos kurdos, a mediados del siglo XX, 1 o el uso de armas químicas ya desde la guerra de Corea hasta la de Irak y Libia por parte de la mayor potencia militar del momento.
En relación a la guerra en el Rif, Sender comenta los efectos de la hiperita, el gas mostaza, sobre los mismos soldados españoles, con solo la acción del viento:
Además de la locura tiene llagas de hiperita. El viento llevó gases del 5 de julio en Tizzi Asa y resultaron con llagas casi todos los soldados de la línea de blocaos del tractocarril. 2
Sender expresa en su novela una profunda sensibilidad humana, muy diferente al comportamiento de uno de los hombres más admirados en occidente, Wiston Churchill. ¿Saben quién dijo la siguiente frase?
No entiendo esa aprensión sobre el uso de gas. Yo estoy completamente a favor de usar gas venenoso contra las tribus incivilizadas. 1
Sí, fue él, Churchill, ante las reticencias de su Consejo de Ministros a utilizar métodos tan despiadados y crueles, que la misma Europa había visto en la Primera Guerra Mundial.

Visto esto, ¿piensan que en los colegios, incluso en las universidades, se enseña la historia con  rigor y moralidad?


Notas:
(1) Mikel Itulain. Estados Unidos y el respeto a otras culturas y países. Irak. Libertarias. 2012.
(2) Ramón J. Sender. Imán. 1930.

Lincoln, la película, otra ficción histórica



Steven Spielberg vuelve con otra película histórica, Lincoln,  y vuelve, otra vez, a cambiar los hechos por la ficción de los deseos. Como indica Michael McGehee en su análisis de la obra, Lincoln, a review:
...verdad y ficción mezcladas juntas tanto que la ficción a menudo se convierte en verdad. A lo largo de la película Lincoln es mostrado como un heroico abolicionista, y hay una buena razón para desafiar tal pretensión. 1
El filme tal vez pretende mostrar un pasado glorioso de los hombres que dirigieron  los Estados Unidos, tal vez también con el propósito de sembrar un fundamento y base para el patriotismo. Pero los hombres de color de piel algo más oscura deben su libertad no a un presidente de los Estados Unidos, sino a ellos mismos, a su propia conciencia como seres humanos y como hombres libres, que motivó su lucha y, finalmente, su libertad. Spielberg parece pasar por alto esto, ignorándolos.
La abolición nunca habría ocurrido si no por el movimiento abolicionista, el cual fue mucho más que el proceso político, o los republicanos radicales. Los  esclavos y los esclavos liberados jugaron un papel principal en la lucha, y la película simplemente los ignora. 1
El propio Frederick Douglas, escritor y abolicionista estadounidense, diría en abril de 1876 ante el monumento en memoria de Lincoln, y pese a elogiarlo también:
Abraham Licoln no fue, en el sentido pleno de la palabra, ni nuestro hombre ni nuestro modelo. En sus intereses, en sus pactos, en sus hábitos de pensamiento, y en sus prejuicios, él fue un hombre blanco. Él fue preeminentemente el presidente del hombre blanco, completamente entregado al bienestar de los hombres blancos. Él estaba  listo y deseoso en cualquier momento durante los primeros años de su administración a negar, postponer, y sacrificar los derechos de la humanidad en la gente de color, para promover el bienestar de la gente blanca de su país. 
Para proteger, defender y perpetuar la esclavitud en los estados donde existía Abraham Lincoln no estaba menos dispuesto que cualquier otro presidente a sacar la espada de la nación. El estaba preparado para ejecutar todas las supuestas garantías de la Constitución de los Estados Unidos en favor del sistema esclavista en cualquier lugar dentro de los estados esclavistas. Él estaba dispuesto a perseguir, volver a capturar, y devolver a los fugitivos esclavos a su amo, y a reprimir una revuelta de esclavos por la libertad, aunque sus amos culpables estaban en armas contra el gobierno. 2
Lincoln parece que mantuvo hasta el final de su vida una visión discriminatoria hacia la gente de "color", incluso proponiendo su deportación a colonias en el Caribe.
Encontraron [Philip Magness y Sebastian Page, autores de la obra Colonisation After Emancipation] una orden del Sr. Lincoln de junio de 1863 autorizando a un agente colonial británico, John Hodge, para reclutar esclavos liberados para ser enviados a colonias en los que son ahora los países de Guyana y Belice. 3
Su falta de sensibilidad y de consideración hacia la discriminación racial no era algo nada nuevo. En la campaña electoral de 1858 decía Lincoln lo siguiente:
Diré, pues, que no estoy, ni nunca he estado, a favor de equiparar social y políticamente a las razas blanca y negra; que no estoy, ni nunca he estado, a favor de dejar votar ni formar parte de los jurados a los negros, ni de permitirles ocupar puestos en la administración, ni de casarse con blancos...4
Y en el discurso inaugural de 1861:
No tengo el propósito de interferir, ni directa ni indirectamente, en la institución de la esclavitud en los estados donde existe. Creo que no tengo ningún derecho legal a hacerlo, y no tengo ninguna intención de hacerlo. 4
Hay que tener en cuenta que la población negra también era vista como inferior en el norte, de hecho no los admitían en el ejército cuando comenzó la guerra civil. El interés de los afroamericanos por alistarse venía porque de alguna forma esto les concedía unos derechos y unos reconocimientos que necesitaban para proclamar su igualdad, y que reafirmaba que ese era también su país. Pero cuando ellos pedían el alistamiento tenían reacciones de rechazo con expresiones  como: “Nosotros no queremos luchar junto a los negros”, “Creemos que somos una raza muy superior para eso”. Los hombres blancos del norte indicaban que era una guerra por mantener el país unido, que no tenía nada que ver con los negros. No obstante, en 1862, cuando las cosas empezaban a ir mal para el Norte en la guerra y las llamadas para alistarse no se recibían con mucho entusiasmo, Lincoln rechazó las objeciones y permitió que los afroamericanos entrasen en el ejército. Aunque les hicieron tomar juramento para ir en unidades aparte, algo que duró hasta después de la Segunda Guerra Mundial. 5 
Las palabras del mismo Lincoln otra vez más serían elocuentes, ya en 1862:
Si hay aquellos quienes no salvarían la Unión, salvo que ellos pudiesen al mismo tiempo mantener la esclavitud, yo no estoy de acuerdo con ellos. Si hay aquellos quienes no salvarían la Unión salvo que ellos podrían al mismo tiempo destruir la esclavitud, yo no estoy de acuerdo con ellos. Mi objetivo principal en esta lucha es salvar la Unión, y no es preservar o destruir la esclavitud. 1
Presentar así a Lincoln, como un hombre que persiguió la libertad de las personas de "raza negra" como un objetivo humanitario en sí  y presentarlo como un referente para esas personas, no deja de ser una falsificación histórica, una ficción histórica, como comentaba al  principio del texto. Spielberg es muy dado a este tipo de actuaciones, algunas de ellas amorales, como la carencia de cualquier crítica o denuncia seria sobre las causas, motivaciones y desarrollo de la Primera Guerra Mundial (War Horse) o de la Segunda (Salvar al soldado Ryan). 5, 6 Bien al contrario, haciendo más una apología de lo que significó el sufrimiento y muerte de muchos y el negocio oculto de unos pocos,  del que no habla en su filmes, pero sí lo hace, en cambio, el general más laureado de los Estados Unidos de América, Smedley Butler. 7 Spielberg también se mostró muy silencioso, demasiado, con la enorme campaña de propaganda, censura y persecución que hubo en su país en el periodo de la Primera Guerra Mundial y también en la Segunda. 5

Notas:
1. Michael McGehee. Lincoln, a review. Truth Addict, 26.11.2012.
2. Frederick Douglas. Oration in memory of Abraham Lincoln., April 14, 1876.
3. Jon Swaine. Abraham Lincoln, ´wanted to deport slaves´ to new colonies. The Telegraph, 11.2.2011.
4. Howard Zinn.  A People´s History of The United States. Chapter 9. New York: Harper Colllins Publications, 2003.
5. Mikel Itulain. Estados Unidos y el respeto a otras culturas y países. Libertarias. 2012.
6. Mikel Itulain. Justificando la guerra. 2012.
7. Smedley Butler. War is racket. 1935.

La guerra de África relatada por Ramón J. Sender. Parte I


La guerra colonial que desató España contra Marruecos tras la pérdida de Cuba y otras colonias, como Puerto Rico, Guam y Filipinas, a finales del siglo XIX, tenía como objetivos, entre otros, mantener el carácter imperial de un país que perdía poder a nivel internacional y, a su vez, mantener el estado de privilegio y corrupción de unas clases militares y económicas que se enriquecían con la guerra. Las potencias europeas se repartían África y España entró en la puja, permitiéndole intentar hacerse con el control de la zona norte marroquí, una zona montañosa donde estaban Ceuta y Melilla; el sur quedaría en manos de Francia. Esta campaña de invasión comenzaría en 1909.
Ramón J. Sender, uno de los grandes novelistas españoles de todos los tiempos y también de la literatura mundial, narró esta guerra a la que no iban los hijos de los más  pudientes, que pagando cierta cantidad -entre dos mil y seis mil reales- podían librarse total o parcialmente de ella, escribiendo una obra maestra relatando tales hechos y mostrando el verdadero horror de la guerra. La obra, Imán, narra la experiencia y tragedia sufrida por un aragonés, como el mismo Sender, que sufre y ve sufrir a seres humanos en una lucha que nada les aporta, que en nada les va a beneficiar y sí, en cambio, los va a destruir, en una destrucción moral y física que los marcará para el resto de sus vidas, a aquellos que puedan sobrevivir a la tragedia.
A esta guerra, a todas las guerras, se va por obligación o, lo que es peor, por ignorancia. Y en la guerra no hay valientes, estos se plantaron ante ella, antes de ella, para no ir precisamente a ella.
<<Aquí no hay valientes>>, añade el soldado. Efectivamente; los verdaderos valientes hubieran debido comenzar por no venir. Todos han venido por esa cobardía difusa a la que el soldado alude y de la cual él y yo debemos olvidarnos. 1
Los verdaderos valientes y conscientes de los hechos evitaron por todos los medios ir a donde no debían ir, a luchar y morir por otros, por los intereses de otros, a matar gente que no conocían y con los que nada en contra tenían. Los verdaderos valientes luchan contra las guerras, no van a luchar a ellas.
Ya, una vez lanzados al abismo del combate, cuando uno ha cometido o visto cometer actos que el corazón y la cabeza  le indican que no se debieron llevar a cabo, que no debieron suceder, cuando los remordimientos intentan enderezar el desvarío del comportamiento, entonces, entonces aparecen las justificaciones, las injustificables pero poderosas justificaciones sociales. Y al frente de ellas en los tiempos de guerra ha estado siempre muy presente la religión, o al menos los que representan socialmente la religión, las instituciones religiosas.
El cura regresa con su auxiliar. Este lleva terciada la bolsa blanca con los óleos. La unción, la evocación del sombrío ritual cristiano, da al peligro una prolongación supersticiosa de fatalismo. Hablan, y sus voces en la noche tienen resonancias civiles. El tema es inaudito en estos lugares:
-          Entonces esos… 
-          Desde luego, han salvado el alma. 
-          Pues algún moro habrán matao, digo yo. 
-          No importa; ha sido en defensa del Patria. 
-          Esta tierra, ¿es patria nuestra o la de ellos? 
-          Efectivamente, la de ellos; pero todo lugar donde alienta un corazón cristiano es la patria de Dios y debemos defenderla contra los infieles.  
Hay una pausa, y añade el soldado: 
-          ¡Ah! ¿Entonces esta guerra la ha mandado el papa? 
-          No, el rey. 
-          Y el que obedece al rey, ¿va al cielo? 
-          Sí, porque el rey tiene investidura divina. 
-          ¿Cómo? 
-          Que representa la autoridad de Dios en nuestra patria. 
-          Ya. Siempre me lo he representao a Dios como una especie de rey. 
-          Justo. 
-          Pero se me ofrece una pregunta. 
-          ¿Cuál? 
-          Dice usted que si a uno le dan un zumbío en la guerrilla y dice una mala expresión, ¿si se muera va al cielo? 
-          Sí. 
-          Porque yo he oído jurar a muchos cuando caían. 
-          Aunque es una fea costumbre, no importa. Dios no lo toma en cuenta. 
-          Y si, es un suponer, estando yo en la guerrilla hablo contra el rey igual que ellos contra Dios y me cogen, ¿me fusilan? 
-          Seguramente. 
-          ¿Y voy al cielo? 
-          De ningún modo, si antes no has hecho acto sincero de contrición. 
-          Pues no lo entiendo, porque, según eso, es más pecado faltar al rey que faltar a Dios. 
El cura calla un momento, vacila. 1

La  incongruencia moral y religiosa que ofrece Sender de la actuación del sacerdote es demoledora, pero, sin embargo, no es incongruente su comportamiento, el del sacerdote, en su sentido social. Porque la misión del sacerdote es ahí, en el fondo, mantener la obediencia y la disciplina del soldado al poder imperante, por muy atroces que sean los actos a los que le obliguen o le toque hacer. Así, la moral se anula y solo queda la más estricta sumisión a las órdenes de los que ostentan la dirección social.
La Iglesia, la Iglesia católica y muchas otras Iglesias más, a lo largo de su amplia y dilatada  historia han justificado y apoyado la barbarie de la guerra. Desde sus orígenes hasta el tiempo de hoy.
Según Agustín [San Agustín], el soldado puede y debe matar sin cargo de concien­cia, ¡en ciertos casos, incluso en una guerra de agresión! Quien participa en esas confrontaciones deseadas por Dios «no peca contra el quinto mandamiento». Ningún soldado es un asesino si mata a seres humanos por orden del legítimo ostentador del poder, «antes bien, si no lo hace, es culpable de contravenir y menospreciar la orden» 2
Si un sacerdote en quien confías y al que tienes por representación del bien, te dice que no hay pecado en matar a  alguien en esas situaciones, que se hace por una  gran causa, por una gran motivación, incluso por Dios; entonces el soldado o termina de hundirse moralmente, al no ver ni un solo resquicio de humanidad o justicia por ninguna parte, o termina por volverse realmente un desalmado que ha perdido cualquier conciencia y referencia moral, cualquier remordimiento que le evite continuar con la tragedia y carnicería humana que es la guerra.

Notas:
1. Ramón J. Sender. Imán. 1930.
2. Karl Heinz Deschner. La época patrística y la consolidación del Primado de Roma. Martínez Roca, pp. 101-141.
Para una descripción más detallada de la justificación de la guerra por parte de la Iglesia católica ver además: Mikel Itulain. Justificando la guerra. 2012.